La llamada "tercera generación" del Movimiento Moderno tuvo en Latinomérica sus mejores representantes. Lina Bo Bardi desde Brasil y Luís Barragán desde México rechazaban el exceso de formalismo del "estilo internacional" y proponían una nueva lectura de la arquitectura vernácula y de la historia, manteniendo los valores básicos de la arquitectura moderna -construcción unitaria, ausencia de ornamentación y estructura manifiesta- desde perspectivas contextuales y artesanales. Quedó un rastro de esta generación que evolucionó, en algunos casos, hacia un vernaculismo de corte indigenista impermeable a toda innovación, y la dimensión pan-americana en busca de una identidad pasó por las paredes de adobe, los arcos de tabique aparente y los muros pintados de colores populares. Después, las miradas se dirigieron hacia otras partes y las corrientes arquitectónicas estadounidenses, japonesas o europeas volvieron a inundar la imaginería de Latinoamérica.
Es en este contexto que emerge la figura de Víctor Cañas, junto con otros arquitectos nacidos a mitad del siglo XX, atraídos por el internacionalismo imperante a principios de los años noventa: posmodernismo primero, high-tech y minimalismo después. Además, son arquitecturas con una fuerte voluntad de afiliación a la arquitectura contemporánea internacional, de pertenencia al primer mundo. Cañas estudió en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México y en el DPU de la Universidad de Londres y sin duda su formación internacional tendrá mucho que ver en su modo personal y globalizado de entender la arquitectura. Su trabajo se centra en la esencialidad de las líneas y los planos, en el rigor constructivo y en el obsesivo cuidado de los detalles, mas que en los aspectos contextuales y vernáculos.

Entre sus obras destacan dos edificios -el Instituto de Idiomas y el Centro Creativo- y una selecta producción doméstica. Su modo de intervenir es mas un fenómeno de inclusión que de exclusión. Así, a escala urbana, lo importante para Víctor Cañas, no es tanto la forma de la casa o del edificio sino la posición de este objeto en relación a un contexto exterior. El Instituto Latinoamericano de Idiomas tiene una clara vocación contemporánea, en su espectacular fachada y en la expresividad formal que toma de los fastuosos lenguajes posmodernos y deconstructivistas. Las alegrías compositivas de la fachada tienen un carácter sumamente escenográfico que no trascienden en las plantas. La marquesina y la concavidad que ésta provoca, indican el acceso y actúan como puerta a escala urbana. Un programa sumamente fragmentado de minúsculas salas y oficinas, se articula alrededor de un dinámico juego de dobles alturas y pasarelas conectadas a la escalera que vertebra el edificio. El cuidado y liviano diseño de esta escalera, junto a los sistemas de sujeción de la fachada de vidrio ponen de manifiesto el esfuerzo y la apuesta por la modernidad en un contexto sumamente anodino y conservador. El Centro Creativo auna un programa de estudio de fotografía, oficinas y cafetería dentro de un contenedor de cristal. Los dos niveles superiores se desplantan sobre la calle y los tres restantes se descuelgan por la ladera posterior. La escalera metálica colgada y tensada, reflejada en los espejos laterales que la contienen, es el elemento central y articulador de este edificio, repleto de soluciones ingeniosas. En estos pequeños edificios del barrio de San Pedro de San José, este audaz arquitecto costarricense incorpora influencias de lenguajes high-tech y deconstructivistas a los programas. También en sus casas, tanto urbanas como de playa, la disposición compleja de los espacios interiores y exteriores, con dobles alturas, áreas a 45 grados, luces cenitales y terrazas, crean desde su arbitrariedad, pequeños espacios urbanos y complejos entramados domésticos. La obra de Víctor Cañas no parte las masas, ni busca oradar los volúmenes, no esculpe ni pinta el espacio que crea. Es pura geometría y luz.

Miquel Adrià